Carlos se inclina hacia adelante, las esposas tintineando con un sonido metálico que parece un eco de cadenas invisibles. Sus ojos, de un gris cortante, arden con cinismo. –¿No? –su tono es una mezcla de burla y sentencia. – Entonces, decime, Amara… nómbrame una sola persona que hayas amado en toda tu vida. Una.
Ella abre la boca, pero no salen palabras.
Carlos esboza una sonrisa, pero no hay rastro de ternura en ella; es una mueca torcida, afilada, impregnada de un veneno lento que se desliz