Llega a la puerta, pero al darse cuenta de que no puede abrirla, sus ojos se posan en mí con una mezcla de expectación e incertidumbre. Espero que me pida ayuda, que acepte que no puede hacerlo por su cuenta, pero en lugar de eso, me desafía con la mirada. Sin embargo, no cedo. Me mantengo firme en mi sitio, con los brazos cruzados y la barbilla en alto. Este hombre no tiene derecho a darme órdenes.
Liam, si es que ese es su nombre, como escuché hace apenas unos minutos, comienza a avanzar