Con una vista maravillosa a la ciudad nocturna, Sebastián cerró las puertas del balcón del segundo piso, y sonriendo me tomó por los muslos.
Me hizo sentarme sobre la delgada barandilla. A mis espaldas, coches entraban y dejaban la residencia.
—Me gustas, Livy Ricci —declaró, jadeando contra mis labios—. Y vestida así, no sabes cuanto tuve que contenerme para no arrancarte la ropa. No tienes idea de lo dura que me la pones.
Sonriendo como una tonta, anclé mis piernas a sus caderas y lo at