Lucía se apresuró a secarse las lágrimas, intentando parecer normal antes de volverse hacia él:
—Has bebido bastante hoy, deberías mejor acostarte a dormir.
Mateo no se había equivocado y, frunciendo levemente el ceño, volvió a preguntar:
—¿Estabas acaso llorando?
Lucía bajó instintivamente la cabeza:
—Me entró arena en los ojos.
—¿Por qué lloras? —insistió Mateo.
Era muy raro verla derramar lágrimas; si lloraba, definitivamente algo le causaba mucha tristeza.
Lucía posó su mirada en él y, tras