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El apartamento tenía esa quietud particular de las horas que pertenecen a nadie, ese intervalo entre la medianoche y las dos de la madrugada en que Madrid sigue respirando afuera pero el mundo interior de cada persona se detiene.

Cassandra entró primero. Se quitó los zapatos en la entrada —los tacones de satén negro que habían cumplido su función durante cinco horas— y los dejó junto a la pared con una precisión que no

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