—Fabiola, llama rápido a él, pídele disculpas y así dejaremos el asunto atrás.
—Él no ha hecho nada malo, ¿por qué debería llamarlo?
—¿Estás decidida a protegerlo?! —Cedro se acercó repentinamente, mirando fijamente a los ojos de Fabiola.
Fabiola levantó la vista, mirándolo serenamente y dijo con firmeza: —¡Sí!
Cedro entrecerró los ojos, retrocedió un paso y soltó una risa fría: —Esto es Ciudad Norte, mi territorio. Mientras él siga en Ciudad Norte, aunque tenga que escarbar tres pies bajo tierr