Todos miraban furtivamente a Sergio.
Sergio ya deseaba poder esconderse en un agujero.
Por supuesto, sabía por qué Benedicto tenía una cara tan sombría.
Pero él no podía hacer nada.
El responsable de deshacer el entuerto tenía que ser quien lo hizo.
A menos que la señora no estuviera enojada.
Pero la posibilidad era mínima.
Después de todo, cualquiera se enojaría si le mintieran.
En medio de este silencio mortal, alguien del departamento técnico golpeó la puerta de la sala de conferencias.
Miró