El viaje a Houston se hizo eterno, la camioneta de Tony devoraba millas de asfalto mientras el sol se ocultaba en el horizonte, Marjorie lo observaba, notando cómo sus manos apretaban el volante hasta que los nudillos se le ponían blancos.
— Tranquilo, vaquero —susurró Marjorie, poniendo una mano sobre su brazo— Ya casi llegamos.
— Es que no puedo dejar de pensar en mi niña —respondió Tony, con su voz ronca de preocupación— Si esa víbora le ha hecho algo...
El GPS les indicó que estaban a cinco