La mano que jaló a Tony hacia el callejón oscuro era fuerte pero no amenazante. El vaquero se encontró cara a cara con un hombre mayor, de unos 60 años, con cabello canoso y barba desaliñada.
— Tranquilo, muchacho — dijo el hombre con voz rasposa pero amable — No voy a lastimarte.
Tony, aún jadeando por la carrera, asintió agradecido.
— Gracias, señor, estaba en un aprieto más grande que un toro en una tienda de porcelana.
El hombre soltó una risita.
— Me llamo Frank — se presentó, extendiendo