Esa noche, después de haber enfrentado la verdad sobre los resultados del ADN, Alex y yo nos retiramos a nuestra habitación. A pesar de que una sensación de alivio flotaba en el aire, yo seguía lidiando con una tormenta emocional interna. La confusión y la traición que Amelia habían sembrado en nuestras vidas habían dejado cicatrices profundas.
Alex me miró con preocupación mientras me sentaba al borde de la cama, sumida en mis pensamientos.
—Maia, ¿estás bien? —preguntó con ternura, acercándos