“Ven a mí, búscame, siénteme…sabes que me deseas, que solo a mí me perteneces”
En aquella espesa bruma, Artemisa escuchaba aquella voz familiar, una que le llegaba a lo más profundo del alma conmoviéndola al borde de las lágrimas. Mirándose en el reflejo de aquel lago, podía ver tambien a la hermosa luna plateada en él. Los aullidos de los lobos blancos, parecían canciones dedicadas a la madre luna, quien tras de ella tenia al sol.
“Ven a mí, Artemisa, ven a mí”
Aquel hombre de cabellos de plat