Uno, dos, tres, cuatro… diez minutos, los dedos siguiendo una melodía inexistente sobre su rodilla, la misma que se movía con impaciencia, como si esperara algo, como si algo estuviera por pasar. De la mente no se podía quitar lo que la doctora había dicho. Conforme los minutos fueron pasando, él fue capaz de darse cuenta que nada estaba en ella, ella no era la culpable de las cosas que pasaban, por mucho que la ciencia avanzara, había algo que ella no podía tocar, en lo que no podía mandar y e