Adam
Heidy me toma del brazo y me aleja.
—Ten cuidado con lo que haces. Como te atrevas a jugar con ella, te corto las pelotas. —Agarro a mi adorado miembro y ella reprime una risa—. No la ilusiones. Sabes que te ama y no sería justo si no le correspondes.
Asiento seguro de que no tengo ninguna mala intención hacia esa bonita niña que me espera para desayunar. Jamás haría algo semejante. Vuelvo a la mesa y me siento junto a ella. Sirvo los dos desayunos, con tres tiras de tocino para mí. Amo el