24. Encrucijada
Los rayos del sol iluminaron el largo mechón castaño que Andrea sostenía frente a sus ojos. No había dormido ni un poco desde que cerró la puerta de su habitación, porque una sensación de agobio se apoderó de ella un segundo después.
Intentó leer algo, obligarse a dormir, pero al darse cuenta de que era una tarea infructuosa, se quedó sentada en el alféizar de la ventana que su padre decoró para que ella leyera ahí y esperó la llegada del amanecer.
Andrea repitió una y otra vez aquella última f