—Dober, espera —llamaba Hiz detrás del hombre—. ¿Por qué me ignoras?
Dober bajó la velocidad en la que caminaba e inspiró hondo.
—¿Qué quieres? —Preguntó—. ¿Empujarme o torturarme con tus habilidades?
—Dober, por favor —pidió la joven con tono pasivo—. Discúlpame, sé que ayer me excedí, pero también intenta entenderme.
—No, Hiz, entiéndeme a mí —volteó a verla, chasqueó la lengua y volvió la mirada al pasillo—. No, tú solo piensas en ti misma.
—Lo sé, sé que debo cambiar más mi comportamiento.