Me quedé allí, inmóvil, mirando la puerta cerrarse tras él. El silencio que quedó fue como una bofetada: seco, inmediato, total. Todo el calor de los últimos minutos —de su risa, de sus caricias, de su cuerpo entrelazado con el mío— se desvaneció de golpe. Me apreté el vestido contra el pecho, como si así pudiera volver a contener lo que se había desbordado dentro de mí.
No sabía si había cruzado un límite… o si lo había empujado a retroceder. Solo sabía que la distancia que había intentado evi