Cuando llegué a la oficina, sabía que algo andaba mal. No era por miradas extrañas ni susurros en los pasillos. Aún nadie sabía nada. La situación era confidencial, restringida a los equipos de seguridad y legales. Y, sin embargo, el malestar estaba ahí, anidado en mi pecho como un presagio silencioso. Era esa sensación casi instintiva de que el suelo bajo mis pies estaba por fracturarse, aunque aún no pudiera ver la grieta.
El remolino en mi estómago no había cedido desde que desperté. No pude