Adrian y yo habíamos encontrado un rincón más tranquilo del salón, lejos de las miradas curiosas y los comentarios susurrados que habían seguido nuestra salida tras el enfrentamiento con Bennett y Rutherford. El espacio, aunque seguía siendo parte de la recepción, tenía un aire más relajado, con menos gente y una iluminación más tenue. Me dejé caer en una de las sillas altas junto a una pequeña mesa y suspiré profundamente, sintiendo el peso de la noche acumulándose en mis hombros.
—Gracias, Ad