El restaurante que Adrian había elegido era perfecto, un lugar pequeño y acogedor, escondido en una esquina tranquila de la ciudad. Las luces tenues y la decoración de madera cálida creaban una atmósfera íntima, como si el tiempo se hubiese detenido solo para nosotros. No había multitudes, ni ruido, solo un par de mesas ocupadas y un murmullo suave que nos permitía conversar sin prisas.
El espacio principal era como una pequeña plaza interior, con algunas mesas dispuestas en el centro bajo una