El alba llegó, no como una promesa de luz, sino como la hoja de un verdugo. Era fría, gris y silenciosa, despojando al mundo de sus colores y dejándolo en una paleta de cenizas y hueso. No había dormido. Cada minuto de la larga noche fue una vigilia sagrada, un intento desesperado de mi corazón por memorizar lo que mi mente ya había aceptado perder. Me quedé acurrucada en el nido, envuelta alrededor de mis hijos, sintiendo el ritmo constante de sus pequeñas respiraciones contra mi piel. Grabé e