El tiempo se quebró en dos.
La mitad del claro siguió mirando a Hecate, a Rheon, al fuego y a mí.
La otra mitad giró, inevitablemente, hacia él.
Ashen.
Entró desde el este como si el bosque mismo lo hubiera escupido. Las ramas rotas marcaban el camino por el que había pasado, la tierra levantada mostraba los cuerpos de dos guardias inconscientes a su espalda. Llevaba la camisa rasgada en un costado, una fina línea de sangre seca cruzándole la mejilla, polvo en la piel y en el cabello.
Pero esta