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El amanecer llegó, no como una promesa, sino como un interrogatorio. La luz gris y fría se derramó por la boca de la cueva, pintando nuestras figuras de un blanco fantasmal. El rugido de la cascada era un muro de sonido constante, aislándonos del mundo exterior.

Me quedé inmóvil, todavía en mi forma humana, temblando. El calor de la transformación se había desvanecido, dejándome desnuda, sucia y expuesta. Ashen estaba sentado frente a mí, ya no era el hombre moribundo de hacía unas horas, sino
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