Nos zambullimos en el laberinto de callejones oscuros y Encrucijada Gris se convirtió en un infierno a nuestras espaldas. El rugido del fuego era un monstruo hambriento que devoraba La Última Moneda, y sus gritos eran las alarmas, las campanas y los aullidos de los mercenarios que corrían hacia el caos. El cielo nocturno, antes negro como el carbón, ahora palpitaba con una luz anaranjada y enfermiza que proyectaba nuestras sombras, largas y danzantes, contra las paredes de adobe.
Corrí en mi fo