La nada no era un vacío. Era una negrura espesa y sofocante, un océano de tinta sin superficie ni fondo. Floté en ella, sin cuerpo, sin pensamientos, solo con el eco de mi último y devastador fracaso. Había perdido. Me habían atrapado. Y mis hijos estaban condenados.
El primer indicio de que la nada terminaba fue el olor.
No era el hedor a podredumbre y desesperación de El Límite. Era un aroma limpio y primigenio: tierra húmeda, piedra fría y el humo fragante de la madera de pino al arder. Era