43. La maldad ya tiene rostro
Apenas se hicieron las siete de la mañana tocaron a la puerta de Gabriel, el odio de inmediato al visitante inesperado porque se sentía agotado y de mal humor.
Apenas abrió como si se tratara de una ráfaga de viento entró en su casa un poco alterada, su querida hermana, — Se puede saber, ¿Por qué no contestas el teléfono desde ayer te estamos llamando?
— Me quedé sin batería y al llegar aquí estaba tan agotado que lo olvidé cargar.
— Muy mal momento escogiste para estar incomunicado.
— Querida