Robert iba en el asiento trasero del auto, con la mirada perdida en las luces de la ciudad que se difuminaban a través del cristal. Sin embargo, no veía el asfalto ni los edificios; en su mente se repetía, como una cinta cinematográfica antigua, el recuerdo de Catalina, la calidez de su piel y esos
Lunita Karo
La Altagracia quería darle masaje con final feliz, es una descarada.