Cuando Valeria Ramírez logró estabilizarse y ponerse de pie, echó un vistazo a un lado y vio a un hombre vestido con un traje negro, con una mano en el bolsillo, de pie allí con una aparente indiferencia fría.
Su llegada era como un sedante inyectado en Valeria, lo que le dio bastante tranquilidad.
Valeria apretó sus labios rosados, a punto de hablar, pero notó un alboroto constante a su alrededor. Resulta que muchas personas se habían congregado, susurrando entre ellas.
—¡Dios mío, es Mauricio