XVII
“Lo veía venir, con su gabán haciendo olas imponentes cuando caminaba, me sonreía mientras de prisa se quitaba sus guantes. Yo había ganado, ¡YO! Un oro, había ganado el primer oro de mi vida gracias a él. Adam se había tomado la molestia de entrenarme, de confiar en que mis piernas y brazos sí podían ser más fuertes que mi voluntad, y renacer de las cenizas. Le estaba tan agradecido, que no resistí y me lancé sobre él para abrazarlo. Ya la gran mayoría de espectadores y competidores se h