Capítulo 18

De pie frente a Illya, los chicos y yo observamos la imponente muralla en silencio. A la luz del atardecer, los pedacitos de vidrio oscuro relucían como estrellas en el firmamento. Si ignorábamos el motivo por el que había sido construida, parecía casi mágica. El camino de piedra que habíamos estado siguiendo conducía directo hasta la propia puerta y continuaba por debajo de esta. Posiblemente era lo único capaz de traspasarla, y de repente me acordé de las palabras del nomad llamado Dallas:

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