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Solo continúo corriendo hasta la salida, pero, en ese instante, los hombres de seguridad me miran de una forma extraña y acusatoria al tiempo en que empiezan a caminar (a paso apresurado) hacia mí.
—Carajo —susurro temerosa al retroceder y, cuando lo hago, tropiezo con algo y me caigo sentada.
—¿Está bien? —me pregunta un niño.
—Sí, sí, gracias —respondo apresurada al levantarme y entregarle al niño su celular (el cual estaba en el piso y en