MATTHÍAS BLANCO
Estaba parado en el limbo de mis límites profesionales y mis deseos como hombre cuando atendía a Ariadna. Sabía cómo se sentía su piel, como sabían sus labios y lo bien que me había recibido en su calidez interior. Mis pensamientos alcanzaban la indecencia a cada minuto, pero no podía evitarlo.
Sabía que en cuanto se levantara de la camilla intentaría convencerla para darme una nueva oportunidad de demostrarle que no era un amante básico y poco habilidoso. Había comprado condon