Dos meses después.
La puerta de la cafetería suena y dejo de limpiar la barra para llevar mi mirada a la entrada desde donde Liv me saluda emocionada con la mano mientras sonríe. Se acerca rápidamente hasta una de las bancas vacías frente a la barra y toma asiento.
—¿Cuánto te falta para terminar el turno?
Miro mi reloj en la muñeca y todavía me quedan tres horas de trabajo, pero gracias a dios hoy el día ha estado bastante tranquilo.
—Bastante —le respondo y ella suelta un bufido.
—Quiero que