5

No fue capaz de decirlo. Ni cuando bebió otra vez fue capaz de decirle la peor mentira de todas. Oh, que le hubiese sido infiel, que fuera con su socio, palidecía ante esta otra monstruosidad.

Zack, de repente, se había quedado sin nada. Sin esposa, sin casa, sin empresa… sin hijo.

Cuando Vivian le dijo que estaba embarazada, hacía ya ocho años, él no pudo evitar sentir alegría. También susto, y hasta incomodidad, pues había pensado que se había protegido, pero al parecer el preservativo le había fallado. Recordaba haberlo usado, pero esas cosas pasaban, se dijo.

Se casó, y todo fue muy bien. Se mudaron a Los Ángeles, porque allí él quería iniciar su empresa, y esta inició con pie derecho, sin la ayuda de los padres de ella, que se la ofrecieron mil veces, Zack logró salir adelante. Estaba enamorado de Tommy, por él quería hacerlo todo. Era un niño precioso, moreno como su mamá, de ojos oscuros como ella, precioso, precioso.

Lo arrullaba, lo mimaba, y a veces lo malcriaba un poco, pero era su bebé, su único hijo.

No entendía cómo Damien podía ir por la vida ignorando a sus tres hijos, y tenía que ser demandado para que les diese el alimento y la educación. Tommy lo era todo para él.

Cuando las cosas empezaron a ir mal con Vivian, su hijo le dio la fortaleza para seguir adelante. No quería dejarlo sin su familia estructurada como la conocía. No quería crearle un trauma, un dolor, así que siempre bajó la cabeza, siempre se mordió la lengua y nunca dijo lo que pensaba de su mujer, que era egoísta, intransigente, materialista, y con un don único para hacerlo sentir a él como la m****a.

Nadie nunca lo había lastimado tanto. Nadie nunca le hizo sentir tan poca cosa, tan poco hombre, tan insignificante.

Pero lo aguantó todo en silencio por su hijo. Por él llegaría a viejo como sea al lado de esa arpía, por él, sólo por él.

—No seas estúpido —le dijo Vivian cuando, al descubrir su infidelidad y pedirle el divorcio, él reclamó la custodia del niño—. No lo vas a tener.

—Si demuestro ante la ley lo mala madre que eres, si demuestro lo poco que te importa él, si logro hacerles ver que conmigo está mejor…

—Nunca lo tendrás —le espetó Vivian—. Tommy no es hijo tuyo.

Nada lo había hecho caer. Había resistido que fuera Patrick, su socio, el que se estaba revolcando con ella, que le dijera que nunca lo había amado. Había soportado todo, pero aquello… aquello realmente lo había devastado.

—No —le había dicho, rogado.

Retíralo, había querido decir. Retráctate. No. Es mentira. Di que es mentira. Que lo dices sólo porque eres mala, cruel. Di que no. Tommy es mío. Es mío.

Obviamente, no le había bastado su palabra, e hizo las pruebas.

Y las pruebas fueron contundentes. No había la más mínima posibilidad de que Tommy hubiese sido engendrado por él.

Oh, Dios. Cuánto dolor había sentido.

¿Qué sentido tenía ahora la vida? Conservar la empresa, ¿para qué? Allí estaba el maldito ese, allí estaba ella, también. Y se unieron para comprarle su parte y dejarlo por fuera. A él, que había sido el que iniciara todo; había sido su idea, su trabajo, su esfuerzo y su sudor, pero, ¿qué sentido tenía seguir allí?

Bebió de su vaso otra vez y sintió cómo el licor quemaba su garganta, su pecho y su alma.

Tommy no tenía la culpa de nada. A pesar de que no llevaba su sangre, él quería a ese niño por lo que era. Pero ahora se había quedado sin argumentos para reclamarlo.

No era su hijo, había criado y le había dado su amor al hijo de otro como si fuera suyo porque él simplemente era el imbécil más grande del mundo… Y luego se sentía mal por pensar así, porque el niño era la principal víctima de todo. Sus sentimientos eran contradictorios, sus pensamientos habían estado en guerra desde que supiera la verdad.

Ahora no era más que el cascarón de un hombre. Se levantaba todos los días con la mente en blanco. Sin planes, sin proyectos. Sin siquiera deseos. No tenía nada. Más que un puñado de dinero en el banco, lo suficiente como para empezar una nueva empresa, pero empezar otra vez… otra vez, desde cero…

Miró a Amelia dándose cuenta de que ni siquiera era capaz de revelarle todo. Ella no necesitaba saber que había perdido. Le avergonzaba que se enterara de que ahora no tenía nada, que no era nadie.

Tal vez en unos días se sintiera mejor. Tal vez en un mes todo esto pasara y él volviera a emprender su vida, retomara las riendas, volviera a empezar con más fuerza y con la ventaja de la experiencia, pero ahora mismo sólo quería permanecer en su pequeño agujero y lamer sus heridas. Los golpes de la vida lo habían machacado demasiado, y él había tratado de resistir, pero había cosas que ni el hombre más fuerte era capaz de aguantar.

¿Por qué no fuiste tú?, se preguntó con la mirada fija en Amelia. ¿Por qué tenías que fijarte en mi hermano? Ese bebé habría sido mío, y lo habríamos cuidado mucho. Lo habríamos amado tanto. No me habría importado esperar a terminar la universidad, esperar a casarnos para poder estar juntos. Esperar para que las cosas se dieran bien. Porque te amaba, Amelia, como jamás fui capaz de amar a otra mujer. Como jamás seré capaz de amar a otra mujer.

Con tu decisión, no sólo arruinaste tu vida, arruinaste también la mía.

—Me mintió en todo —respondió Zack al fin a la pregunta de Amelia—. Luego de casarme con ella, me di cuenta realmente de quién era. Y era… una mujer que jamás habría elegido. Jamás la habría elegido a ella por encima de las demás.

—Sé que es odioso, pero…

—Sí. Tú me dijiste que ella no te convencía del todo. Y tenías razón… toda la razón.

—No te sientas mal por haberle creído a un mentiroso. Yo caí en las mentiras de un hombre… Sé lo que se siente el engaño. Nunca fui capaz de pagarle con la misma moneda, y sé que tú tampoco, y ante mí eso te hace admirable. Eres de los pocos hombres en los que confío, Zack. Te admiro tanto —él extendió su mano a ella y tocó su mejilla. Amelia sólo sonrió, considerándolo tal vez borracho.

¿Qué harás si te beso?, quiso preguntarle.

Pero la respuesta que seguramente tendría hizo que apartara su mano de ella. Ella se espantaría, lo acusaría, se alejaría, y para siempre.

Mejor las migajas de su amistad que nada. Nada era… demasiado duro para él.

—Zack —habló Amelia acercándose un poco más a él y le enseñó sus manos empuñadas como si dentro escondiera pequeños tesoros —Si en esta mano yo tuviera cincuenta millones de dólares, sólo para ti, y en esta otra la posibilidad de retroceder veinte años al pasado… con todos tus recuerdos intactos… ¿qué elegirías? —Zack sonrió. La respuesta era tan fácil…

—¿Es en serio?

—Sólo contesta. No quiere decir que vaya a pasar, ¿no? Decide… cincuenta millones… o veinte años al pasado.

—Veinte años al pasado —contestó él sin pérdida de tiempo—. Y veinte años son perfectos, creo.

—Sí, ya lo creo. ¿Entonces tú… devolverías el tiempo?

—Si es con mis recuerdos intactos, sí… Para así evitar los errores que cometí.

—Como casarte con Vivian, por ejemplo, pero… ¿Y Tommy? Porque entonces, él no existiría—. Él suspiró y tragó saliva.

—Creo que Tommy estará bien. Y lo primero que haría… sería evitar que Damien te ponga la mano encima—. Aquello pareció sorprender a Amelia, tal vez porque él no pedía mucho para sí mismo, sino para ella.

—Damien nunca me pegó.

—Sabes a lo que me refiero.

—Oh… pero para eso no necesitaría tu ayuda. Yo solita lo mandaría a la m****a, gracias—. Zack sonrió.

—Y, ¿en qué necesitarías mi ayuda? —ella hizo una mueca, y no contestó.

En nada, pensó él. Porque de no ser por Damien, jamás seríamos amigos. De no ser porque estuve allí en ese hospital, jamás me habrías contado la verdad.

Las migajas de su amistad, o nada. Esa era su verdadera elección.

—Te quiero, Amelia.

—Y yo a ti —le contestó ella, sonriendo con tristeza.

Oh, lo había dicho, pero ella creía que sólo era producto del whiskey.

No, no. Te quiero de verdad. Te amo… te deseo. Siempre te deseé. Eres tan bonita, tan inteligente, tan íntegra…

Se frotó los ojos. Sí, estaba ebrio.

Me muero por ti.

Eran demasiados tragos encima. Si no se andaba con cuidado, cometería un error, y lo lamentaría por siempre.

Daría la vida por ti…

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