Regresé a casa, a punto de subir a mi habitación. Fue entonces cuando me dio el primer calambre justo al cerrar la puerta. Un dolor agudo y punzante se enroscó en el estómago, obligándome a contener la respiración y a ponerme una mano instintivamente sobre el vientre. Me detuve en el pasillo, agarrándome al marco de la puerta para apoyarme, y entonces otra oleada me recorrió, sorda pero insistente.
Oh, no.
Conocía esa sensación demasiado bien.
Corrí a mi habitación y al baño, prácticamente trop