Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban entrecortados. La tensión seguía en el aire, palpable, casi palpable. Alejandro, con su mirada profunda y penetrante, la observó con una seriedad que contrastaba con la suavidad de su gesto.
—No tienes que irte —dijo en un tono suave pero firme—. Quédate esta noche, al menos hasta que te calmes. Puedo ver lo agotada que estás. Ya todo está dicho, no tienes que huir.
Luciana, sin saber qué decir, se quedó en silencio, con su corazón acelerado y la