Marcela, quien observaba la escena, se cruzó de brazos, levantando una ceja.
—¿Qué piensas hacer mientras esperamos que Héctor venga mañanar? —preguntó en tono serio—. No podemos quedarnos sentados como si nada.
Alejandro soltó suavemente a Luciana, aunque aún mantenía su mano entrelazada con la de ella.
—Tienes razón. —Su mirada se endureció de nuevo, aquella intensidad que lo caracterizaba cuando estaba concentrado en los negocios. Se dirigió hacia su escritorio, donde tenía varias carpetas a