—¡Mamá! —escucho decir a Arthur desde la entrada del hotel y me acomodo la ropa que el señor Li guardó por mí. La misma que le había devuelto un día atrás.
Por la noche dormí en el sofá en bata abrazada a ese maravilloso hombre. Le debo demasiado por haberme ayudado, pero ya es hora de que empiece a valerme por mi cuenta.
Mis dos hijos me abrazan y empiezan a hablar a la vez mientras me cuentan lo hermosa que es la casa de la madre de León, y lo bien que la pasaron esa noche.
—¿Ustedes también