CAPÍTULO 40. COMO LAS ABEJAS A LA MIEL
Se acercó a él, y recargó su cabeza a su pecho, disfrutando de su calidez, estar entre sus brazos la sosegaba, provocando que todo lo que le preocupaba, se disipara. Definitivamente era su lugar seguro.
—Desee entrar a la oficina y quitártela de encima con mis propias manos —confesó con sinceridad—, no soporto que se te acerquen de la forma en la que ella lo hizo. Por eso me alejé, tuve miedo de no poder contenerme.
Deslizó sus gruesos dedos sobre las rizadas hebras de su larga cabellera.
—No