Sacudió su rostro y dirigió su mirada a Maritza.
—El licenciado es un hombre muy bueno —mencionó con firmeza—, tiene un buen corazón. Es por eso que me ayudó, pero también porque sabe que puedo hacer un buen trabajo. —Tomó asiento y sacó la agenda de Memo. — ¿Le puedo ayudar en algo?
—No, en nada —expresó la mujer—. Ya veremos si es que puedes con el puesto, no quiso hacerme caso, espero que no se arrepienta de haberte contratado. —Estaba por marcharse, pero se detuvo—, a menos que lo estés en