—No es necesario, yo puedo cuidarme sola —manifestó Isabella dentro del ascensor que era exclusivo para los socios más importantes.
Guillermo ladeó los labios.
—No es verdad, la prueba está en que no has mejorado —refirió mientras descendían veinte pisos hacia la planta baja. Al abrirse las puertas, dejó que saliera ella primero, mientras caminaban, distinguió con claridad, la forma en la que los miraban sus colegas, además de las chicas de recepción, se quedaron congeladas, ante aquel acto.
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