Colgando el teléfono, Sabrina lo dejó caer sobre la mesita.
Francisco jugó con su pelo y sonrió, —Cariño, ¿estás celosa?
Sabrina se arregló el pelo y empujó a Francisco, —¡Apártate!
—Ingrata. Me usaste y luego me abandonaste.
—Lo aprendí de ti.
Francisco no se ofendió, dejó el secador y le masajeaba suavemente la cabeza.
—Te ayudo a relajarte.
Sabrina estaba tan a gusto que sintió un cosquilleo en todo el cuerpo e inconscientemente se relajó y se inclinó hacia sus brazos.
—No puedo creer