58. Cenizas de un pacto
El silencio que siguió al enfrentamiento fue casi más abrumador que la batalla misma.
El aire olía a magia quemada y ceniza. El palacio, antaño símbolo de esplendor, yacía herido. Pilares agrietados, vitrales destrozados y un halo dorado suspendido en el aire marcaban el rastro de lo que había sido una colisión de fuerzas ancestrales.
Zuke permanecía de rodillas en el centro del salón, con el cuerpo bañado por una luz tenue que comenzaba a desvanecerse. La energía que la había envuelto instante