Apreté entre mis dedos las manos de Rosa, que ya estaban muy frías, e intenté llamarla una y otra vez con voz temblorosa. Sin embargo, todo fue en vano. La mujer de mediana edad que fue la primera en ayudarme cuando llegué a esta ciudad, la que me dio trabajo y un lugar donde vivir, ya no está. Rosa se ha ido para siempre de este mundo, dejándonos a mí y a Nicolás.
Vuelvo a recordar cada palabra que me dijo hace un rato, cuando me dio carne fresca y alimentos.
—Rosa… ¿por qué te vas tan pronto?