Las lágrimas de Clara brotaban de alegría y emoción. No sabía qué decir, su mente estaba llena del adorable rostro de Claudio.
Ella se sentía tan tonta, si tan solo hubiera pasado más tiempo con ese niño desde el principio.
—Clari, deja de llorar. Sé que todo, absolutamente todo, es culpa mía.
Clara le dio un golpe en el hombro. —Por supuesto que es culpa tuya.
Aunque evitó la herida, todavía le dolía un poco y Diego hacía muecas de dolor.
Muchas veces, ella había fantaseado con lo maravilloso q