La voz de Diego resonaba como un grito de muerte, el teléfono estaba junto a su oído y podía escuchar los apresurados pasos del joven acercándose.
—Azucena, por favor, no hagas ninguna locura, ¿dónde estás?
—¡Detente, detente! —Zorro Negro gritaba desesperado, con voz ronca.
De repente, el joven detuvo sus pasos. —Hermano, creo que escuché algo, ¿tú lo oíste?
—Ahora no es momento para eso, aún no hemos encontrado a mi hermana.
—Tienes razón. —el joven saltó la cerca, pensando que su compañera de