Para personas como ellos, no temían a la muerte ni al dolor, pero sí temían perder la conciencia. La luz brillante sobre la cabeza de Zorro Negro iluminaba claramente su rostro, donde se podía ver claramente el sudor goteando por su frente.
Cuando la fría aguja penetró en su piel, para él fue como si una hormiga lo hubiera picado, pero las venas de su mano se hincharon y apretó los puños, luchando por resistirse.
Diego lo miró fríamente. —¿Vas a hablar ahora, o prefieres hacerlo más tarde sin ni