Alberto sabía cuán obstinada era Teresa hacia él. Él recordaba hasta ahora la expresión en su rostro cuando ella había traído esas antiguas pinturas y porcelanas de todas partes del mundo y las mostró a él, como si fueran tesoros preciosos.
Con su inherentemente arrogante actitud, se esforzaba por contenerse, pero su sonrisa no podía evitar asomarse en la comisura de sus labios.
—Alberto, míralos, los cuadros de Van Gogh. Me costó mucho esfuerzo conseguirlos.
En aquel entonces, Teresa tenía espe