Felipe la arrastró al gimnasio contiguo, con cierta emoción en su estado de ánimo.
—Sabes que no me gusta ella, ¿por qué no confías en mí? ¿Cómo demonios puedo explicártelo para que me creas?
—¿Qué? — Clara se quedó atónita.
El rostro de Felipe lucía sombrío, respirando profundamente.
—O puedo quitarme estos pantalones y llevarlos a analizar, para ver si en realidad es agua lo que hay encima o si es mío...
—¡Cállate! ¿Cómo puedes decir semejantes cosas? ¡Sin vergüenza! ¡Maldito grosero! —