CAPÍTULO CIENTO CUARENTA Y UNO
Salieron en el vehículo del condominio nuevamente en silencio.
La carretera no estaba tan concurrida ya que eran casi las dos de la madrugada. El mar a lo lejos rugía y la noche no tenía estrellas ni luna. Era como si todo se hubiera oscurecido con una densa sombra negra.
Emily, sentada en el asiento delantero del Maserati, no dejaba de pellizcarse la piel de sus manos con las uñas. Su piel estaba roja y en algunas partes tenía leves rasguños que ella misma se h