—¿Por qué no me dices la verdad? ¿Estás pensando en impedirlo, no es así? —le preguntó Alfa Rezef a su Luna.
Bajo las coloridas copas de los árboles otoñales, cuyas hojas rojizas caían suavemente con la brisa nocturna, yacían sobre el suelo las prendas de esos Reyes Alfa. Recostados sobre ellas, compartían el calor de sus cuerpos desnudos mientras conversaban.
Maray, aferrándose al cuerpo de su Alfa, se hundió entre el cuello y el hombro izquierdo de Rezef.
—Sí… —dijo con voz temblorosa.
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